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Las razones del tesorero

Escrito por Osvaldo Granados on . Posted in Andanzas


Por Osvaldo Granados


En política casi nadie se va cuando dice que se va. Y casi todos, cuando se quedan, ya están medio fuera.

El caso del tesorero municipal Raúl Rodrigo Pérez Hernández tiene mucho de eso: anunció su renuncia en redes sociales —no en un oficio, no en un escritorio, no frente a un micrófono institucional— y, sin embargo, este lunes estará puntualmente en su oficina, acudirá a la sesión de Ayuntamiento y seguirá firmando documentos mientras se acomoda la salida. Quizá en dos semanas. Quizá en un mes. Quizá cuando el ánimo termine de decantarse.

Porque en el fondo, más que una renuncia administrativa de un solo cargo, estamos frente a la renuncia de un interlocutor directo con el alcalde, regidores, directores y hasta medios de comunicación. 

Raúl no se va peleado. No se va incendiando puentes. No se va pateando puertas. Hace gala, incluso en la salida, de algo cada vez más escaso en la vida pública: responsabilidad y cuidado de las relaciones. No busca enemistarse con nadie de los que se quedan, no deja bombas sembradas, no hereda conflictos. Dice —y lo dice con una serenidad poco común en este ambiente— que no necesita un cargo para demostrar lealtad, amistad o afecto a su amigo el presidente municipal. Que no hablará mal del alcalde. Que prefiere su paz personal, familiar y emocional. Palabras que, en la política local, tanto de Puerto Vallarta como de Bahía de banderas suenan casi subversivas, inconcebibles cuando, en apariencia al menos, muchos quieren hacer creer que lo dan todo y en todo momento. Rorro, como le dicen sus cercanos al tesorero saliente, no. Aunque lo ha dado todo, no está dispuesto a darlo en todo momento, y menos a costa de su familia o su tranquilidad personal presente y futura.  

No es la primera vez que Raúl Rodrigo demuestra ese tipo de lectura y acción política. Ya en otra etapa de su vida pública supo retirarse a tiempo y con inteligencia, cuando fungía como secretario de Turismo de Nayarit, en los años en que el entonces gobernador Roberto Sandoval —hoy encarcelado— concentraba el poder. Salir sin estridencias, sin confrontaciones estériles y sin quedar atrapado en una estructura que empezaba a mostrar señales de desgaste fue, entonces, una decisión atinada. La historia terminó dándole la razón. Ahora, el tiempo dirá nuevamente si era lo mejor para él; seguro que así será.

La grilla desgasta. Consume. Envejece rápido. Y el gobierno municipal, con sus horarios interminables, sus presiones presupuestales, sus llamadas de madrugada y sus crisis permanentes, no es precisamente un spa emocional. Raúl Rodrigo lo reconoce sin drama: casi no veía a su familia, el cierre de año fue una trituradora de estrés —presupuesto, ajustes, aguinaldos— y desde noviembre la idea de irse ya le rondaba la cabeza.

MASTICADA LENTA

Erróneamente algunos señalan que el tesorero adelantó su salida, que en diciembre de este 2026 era la fecha elegida. Pero no, este mes de enero ya era tarde para él. Desde noviembre pasado lo había planeado, pero aras de dejar todo en orden y no heredar mayores problemas con el presupuesto de ingresos, pagos pendientes aún sin dinero en caja, gestión de recursos y compromisos laborales como aguinaldos y quincenas, decidió esperarse y hacer el anuncio los primeros días de enero. 

También hay un dato que no es menor: nunca fue su plan de vida estar en el gobierno, desde su arribo a la administración municipal lo compartió a muchos. Le gusta la política, sí. Pero no el encierro burocrático, no el desgaste administrativo, no la maquinaria que convierte ideales en oficios, sellos y trámites. En eso hay una honestidad que rara vez se confiesa en voz alta.

Y sin embargo, como todo en política, las decisiones personales siempre tienen lectura pública.

Que un tesorero anuncie su salida en redes sociales, sin un comunicado formal, revela algo del clima interno: los cargos ya no pesan tanto como la narrativa; la forma importa tanto como el fondo; y la política, cada vez más, se comunica como estado de ánimo.

Que el alcalde le haya pedido sugerir un reemplazo y que Raúl haya preferido no hacerlo, también dice mucho: no quiere herencias, no quiere cuotas, no quiere comprometer a nadie con su decisión. Se va limpio. O al menos intenta hacerlo.

Pero también deja una pregunta flotando en el aire: ¿cuántos más están igual de cansados, igual de saturados, igual de al límite dentro del gobierno municipal, incluso desilusionados del rumbo del gobierno municipal verde? Sabemos de muchos.  

Porque cuando alguien con un cargo clave decide bajarse por salud emocional, el síntoma no es individual: es estructural. No es la persona, es el gobierno en turno. 

Rorro se irá, al menos en la parte pública —eso parece inevitable—, pero lo interesante no es cuándo entregue las llaves de la Tesorería, sino qué tan desgastante se ha vuelto gobernar, incluso para quienes llegaron con convicción y entusiasmo.

En Vallarta, la política y el gobierno no solo quema y desecha talentos y capital político. También quema tiempos, relaciones, paciencia… y a veces, hasta la tranquilidad de la casa. Y eso, aunque no venga en el presupuesto, también cuesta. Rorro, ya no está dispuesto a pagarlo. ¿Quién o quiénes sí?